Pero sí es en 1919 que Proust escribía o publicaba, vaya uno a saber, "En busca del tiempo perdido", novelón en varios tomos. Creo que es en el primero que aparece la famosa historia de la madalena, o magdalena, según la traducción. Pero es la historia de aquel bollo de masa dulce, escrito con o sin g, que se llevaba a la boca y le evocaba su infancia, luego transformada en favorita (?) de las personas a la hora de hablar de ese poder de los olores de recordar el pasado (según leí alguna vez, posiblemente porque en el cerebro son vecinas la parte que recibe olores y la que funciona como memoria), personas que citaban a Proust y el episodio de la ma(g)dalena como ejemplo más a mano o más conocido de ese poder del olfato.
Tan citado y reescrito y mencionado y analizado e imitado se volvió, que se transformó en un lugar común y por eso es que nuestro profesor de taller, cuando nos mandó hacer una parodia de algún texto, eligió ése, que era ideal por lo gastado. Pero en fin, probablemente no hayan leído el pasaje de esa novela de Proust a la que me refiero, así que por eso antes de poner lo que escribí yo pensaba poner un link a la original o algo así, pero afortunadamente vale me ahorró la búsqueda, pues cuando posteó su versión de este mismo trabajo (que pueden encontrar si buscan en el blog ya linkeado, también, o si clickean aquí, más fácil) se tomó el laburo de copiar el fragmento que nos habían dado con la consigna, así que yo solamente me aprovecharé y usaré ése, que son libres de leer, lo mismo que mi reescritura, si es que no se embolaron ya y cambiaron de blog (?).
Dijo Pablo Katchadjián, en su corrección al pie de la hoja: "Muy bien, es paródico y triste a la vez."
Dijo Eugenia de Chikoff: "es la cosa más asquerosa que vi desde que el cónsul de Bruselas agarró primero el tenedor del medio en vez del de afuera en una cena en la embajada belga".
Ahí está el cuento (como verán, encontré una buena forma de lavarme las manos con respecto al problémático tema del título):
En busca del tiempo perdido
Con tantas perturbaciones en la cabeza era difícil soportar la hora y media en el tren de vuelta a casa. Sintiendo bronca por lo que pasó y miedo por lo que vendría, no podía abstraerme ni por un minuto de mis pensamientos y de la angustia por perder ese trabajo. Y el viento helado que me entumecía gracias a la ventanilla rota no lograba hacerme ocupar la mente en otras cosas, en cerrarla; más bien contribuía a reforzar mi mal humor y, con el tiempo, a llenarme las narices de un resfrío galopante.
No haber puesto un pañuelo en mi bolsillo parecía en el momento un error más trágico aún que los cometidos más temprano en la oficina, pero los hechos terminaron por desmentir esta idea. Las secreciones de mi nariz comenzaron a incomodarme seriamente cuando ni siquiera aspirando fuerte y para adentro pude seguir ocultándolas. La viejecilla sentada a mi izquierda y el pudor que mis años de educación me habían imprimido me impedían apelar a la pragmática grosería de limpiar todo con las manos y arrojarlo al viento por la ventana. El disimulo entonces se convirtió en el camino a seguir, y las mangas de la campera parecían el mejor medio para transitarlo, pero al día siguiente debía volver a usarla y ya no había tiempo de pasar por la tintorería, ni mucho menos podía darme el lujo de ir al día siguiente a intentar salvar mi puesto laboral vestido con algo distinto al uniforme reglamentario. Entonces tuve que tomar la decisión drástica, tomar el toro por las astas y los mocos con las manos, y ocultarlos en el único lugar posible que me quedaba: la boca.
Esperé a que mi vecina de asiento se distrajera y lo hice. Y ahí el mundo dejó de dar vueltas. Algo en esas babas verdes me sacó de mi asiento de cuerina naranja y me elevó hacia esferas insospechadas, pero no podía entender ni qué ni adónde. Me sentía volando, más allá de todo temor y toda vergüenza, de vuelta en algún lugar que no era capaz de precisar. Pero después de unos instantes la magia se fue diluyendo hasta perderse, y yo sentía que no podía quedarme ni con la incógnita de qué había sido ni con las ganas de volver a vivirla. Entonces reincidí, y lo hice hasta el cansancio, pero el despegue no volvió a repetirse. Seguía sentado ahí, en el tren, sin nada más que preocupaciones a las que ahora se sumaba aquel síndrome como de fumador en abstinencia. Algo de decoro quedaba en mí sin embargo, por lo que para enmascarar mis tareas de hurgamiento los esfuerzos debieron hacerse más activos a medida que crecía mi desesperación, pues necesitaba extraer mucosidades en cantidades cada vez más industriales de mis narices sin levantar perdiz en la veterana, y uno no puede fingir que se lleva la mano a la boca para tapar un bostezo veinticinco veces por minuto sin que esto ocurra. Simulé entonces que la ventana abierta me seguía molestando y, tras murmurar un par de quejas lo suficientemente audibles como para servir de justificación, giré 90 grados e hice como si intentara arreglarla con la mano derecha mientras con la izquierda iba en busca de nuevos suministros hacia mi cara. Libre de toda mirada inquisidora, pude extraer tanto como quise, pero sin resultados satisfactorios cuando llevaba lo obtenido hacia mi lengua, hasta agotar del todo cualquier reserva. Comprendí entonces en un todo el grave problema que representaba para la humanidad la finitud de recursos como el petróleo, pero nada sobre el fenómeno que estaba buscando entender.
Hice, entonces, un último esfuerzo. Tomé mis llaves y las arrojé al piso, lo suficientemente escondidas bajo mi asiento como para tener que agacharme a recogerlas. Las tomé rápido y, boca abajo y con la cabeza contra el piso, introduje mi dedo hasta lo más profundo de mis fosas nasales, inflingiéndome gran dolor en busca de mi última oportunidad para aprehender nuevamente la sensación de aquella vez y descifrarla. Encontré algún resto y lo llevé a mi boca aún tibio. Tanto había rascado las paredes de mis narices que pude sentir entonces la textura de algunos pelos arrancados en la maniobra por un instante, pero no duró nada porque enseguida volví a olvidar todo y a transportarme como la primera vez, comprendiendo ahora cuál era ese rincón agradable al que el sabor y las fragancias del moco contra mi paladar me estaban transportando. Era mi infancia, un momento preciso de ella, que nunca pude haber adivinado de no ser por la ayuda de los aromas que volvieron esta vez a ser evocadores como hace un rato; era yo, en el patio de mi casa, metiéndome los dedos en la nariz y comiéndome los mocos. Era tan distinto esto de aquello…
En el tren era todo la desesperación y la angustia, la necesidad y los miedos; en la infancia, la libertad y el tiempo libre, la experimentación y el recreo. Era justo donde hubiera querido estar en ese momento. Y lo bueno fue que estuve, por un rato; sin pensar en que tenía que volver a casa y afrontar todos mis dramas al día siguiente, despreocupado y disfrutando de nuevo, por una vez, en esos mocos, de la vida.
2 comentarios:
yo le digo madalena.
Hola! De una (espero) próxima estudiante de Cs de la Comunicación, muy bueno el blog! Dp me leo tus cuentos.
Saludos!
P.D.:ey, yo también soy obsesiva de los títulos!! jajaja
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