¿Cómo se entiende la gente, y cómo deja de entenderse? Comunicándose, en principio. ¿Por qué nos cuesta comunicarnos más con algunas personas que con otras? Ahí se pone interesante el tema. Es evidente que si hablamos con un malayo nos costará mucho más entendernos que si lo hacemos con otro argentino o hispanoparlante. Para comprender algo de lo que queremos decirnos deberemos apelar a lo que tengamos en común. Quizás intentemos con el inglés, idioma hablado bastante universalmente, y allí podamos establecer un diálogo que avance un poco mejor, al menos lo suficiente como para que me explique dónde está la embajada Argentina, que estoy perdido en Kuala Lumpur y no sé qué bondi tomarme para volver a La Paternal. Pero quizás no sepa inglés. ¿Entonces? Usaré gestos. Así quizás podría darle a entender algo (por ejemplo, que me duele la panza), pero mi problema es bastante más complejo (¿cómo corno fui a parar a Kuala Lumpur desde la cancha de Argentinos Juniors? Es difícil que el señor se lo imagine, o que tenga siquiera idea de la existencia del barrio de La Paternal), así que necesito algo mejor. Se me ocurre pedirle papel y algo para dibujar, todo esto con señas, y lo saca de su mochila. Allí garabateo un mapa mundi, y le señalo la Argentina, el lugar a donde quiero volver, o una bandera de España e Inglaterra o EEUU y un señor hablando, para pedirle si me puede comunicar con alguien que hable un idioma que yo entienda.
Lo que ocurría en el ejemplo era que el Malayo y yo no compartíamos el mismo código. Para entendernos, tuvimos que buscar uno en común, en el que aunque fuera compartiéramos algo muy mínimo (como en el de los gestos) para desde allí empezar a edificar algo en común, a entendernos. Él entendió mis gestos y me dio el lápiz y el papel, y allí ya teníamos un código donde podíamos compartir más cosas. Mediante él, conseguí que me comunicara con otro malayo de la zona, uno angloparlante, que hizo de puente entre ambos, traduciéndome del inglés al malayo y al malayo al inglés. Fue allí finalmente cuando el malayo dijo "aaaaaaaaaaaaaaaaaaah!" y pudo empezar a ayudarme. Además, ante cualquier duda, podía preguntar claramente: "¿tienes dinero para volver a Buenos Aires?", por ejemplo. Con el puente en el medio, todo es más fácil, y podemos ir entendiéndonos con mayor precisión. Ya tenemos, al menos, lo fundamental: un método, que inclusive fuimos y podemos seguir perfeccionando.
Podemos desentendernos parcialmente, pero no será un problema insoluble, porque tendremos el método allí para corregir el malentendido. Si algo se traduce erróneamente en el largo camino que hace el mensaje hasta volver a mí en forma de respuesta (yo---> traductor---> malayo---> traductor----> yo, cambiando de idioma y pasando de la pregunta a la respuesta en el medio), lo puedo repreguntar, o puedo detenerme y decir: "momento, dígale que yo quería saber cómo llegar a la embajada Argentina, no española, español es lo que hablo, no lo que soy". Y él puede hacer lo mismo si no me entiende algo, o hacerlo con el traductor si no le entiende a él. Y así.
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A veces un equipo juega bien y pierde. El árbitro no les cobra un penal, o les echa injustamente a un jugador, o les anula un gol válido, o tienen mala suerte y pegan tres tiros en los palos y les ganan con un gol de carambola. Pero termina el partido y el jugador dice, tranquilo: "jugando como hoy, vamos a ganar más partidos de los que perdamos". Aunque algunas cosas les hayan salido mal. Aunque se hayan equivocado en la definición de todas las chances de gol que crearon. Saben que eso se puede mejorar, que todo es perfectible, pero tienen confianza porque van por buen camino. Porque tienen un buen método.
Más importante que dar en el blanco, pequeño saltamontes, es tirar correctamente. A la larga, de hecho, probablemente des en el blanco más veces que el que haya dado en él tirando de cualquier forma pero teniendo un poco de suerte.
La frase del tiro al blanco no es mía sino que se la pido prestada a Jack Celliers, a quien he visto citarla más de una vez en el
mejor blog que conozco (quien conozca uno tanto o más interesante que me lo presente), ya que originalmente pertenece a... ¿a quién? A algún filósofo Zen, que no sé bien quién es. No importa.
El blog de Jack es, justamente, un buen ejemplo de esto que quiero exponer. El blog vale por sus posts, pero además por sus comments. Allí suelen darse unos debates sumamente jugosos (que el jugo también aparezca en el título del blog, sospecho, no es mera coincidencia), con todo tipo de protagonistas, de los que hay una gran diversidad. ¿Por qué ahí? Porque entre esos variados comentaristas hay unos cuantos que tienen precisamente un buen método de debate. Amigos, por lo menos, de la lógica formal, que es un buen comienzo. Del debate franco (y paciente y apasionado al mismo tiempo, una difícil combinación) de ideas, de la coherencia, de la argumentación clara y de los hechos. De la búsqueda de la verdad y no de simplemente "tener razón". De concentrarse en lo que argumenta el otro, y no en el otro. Y otras virtudes. Que no están ni en todos ni todo el tiempo, pero alcanzan para que en el lugar se supere ampliamente la media de calidad con la que se debate en casi cualquier lado.
Otro buen ejemplo es la ciencia. Abundan hoy los pregoneros de la posmodernidad que despotrican contra ella, que hablan de que la forma en que sus verdades se imponen son autoritarias, que ante su sola mención ya dudan... "hmmm... hmmm... seguro que acá hay algún complot autoritario escondido detrás de estos Científicos Adoradores de la Razón" (todo con mayúsculas, para dar la impresión de que se la trata como a un Dios), etc.
Sin embargo, lo que ocurre es más bien lo contrario: la ciencia es profundamente democrática. Cuando digo "la ciencia" no me refiero a las instituciones científicas, ni a los científicos que las integran, ni a nadie en particular. Sino al método. ¿Método para qué? Para conocer el mundo. Digamos que yo pienso que en él ocurre A. Y otro, en cambio, afirma que B. ¿Cómo podemos resolver esta diferencia?
La alternativa posmo posiblemente sea: "bueno, cada uno tiene su verdad y hay que aceptarlas y tolerarlas". Esto al ojo poco atento le puede sonar muy democrático, pero tiene el defecto de ser una huevada, además de ser bastante peligroso. Si yo digo que la tierra fue creada por extraterrestres o que la raza aria es genéticamente pura y superior a las demás, estoy mintiendo, o al menos equivocado. Son estos ejemplos evidentes los que dejan precisamente en evidencia la falsedad de la idea de que cualquier afirmación es igual de respetable, una verdad posible, una forma de interpretar el mundo, tan cierta o falsa como las demás. Pero claro, me dirán, ¿no es exactamente esto lo que hacían por ejemplo los conquistadores españoles en américa? "Miren, estos indios no tienen idea de nada, son brutos, adoran a los dioses equivocados, hay que adoctrinarlos, si es necesario a patadas". ¿No es lo mismo decir que algunas cosas son claramente falsas y otras claramente ciertas? No. Porque el conquistador español, para decir qué es cierto y qué es falso, simplemente se basó en su palabra, o una autoridad, o en todas cosas que no podía compartir con el indígena, como sí se puede compartir, en cambio, la percepción del mundo. Y se las impuso. Esto nada tiene que ver con la ciencia.
El punto es el siguiente: puede ser imposible afirmar una verdad absoluta, objetiva e incuestionable, porque el universo no deja de cambiar y además es muy complejo, y nuestra percepción es falible y nuestro conocimiento sobre él es limitado, aunque mejora y se va perfeccionanando. Pero el mundo no por esto deja de ser cognoscible y manipulable, y esto sumamente útil para la especie humana: las vacunas, la rueda y la ley de gravedad, entre otras muchas cosas, lo demuestran.
¿Qué pasa si todas las verdades valen lo mismo? Damos pie a que cualquier cosa sea tomada como cierta, por más falsa que sea. Y en general en estos casos se imponen las "verdades" de los que tienen más poder, muy simple. El intelectual X dice que todas las verdades valen lo mismo, una persona Y dice que nadie tiene autorización divina para pegarle un balazo a otro, otra (Z) dice que sí, y va y se lo pega. "¡Bueno, che, actuó siguiendo su verdad, seamos plurales y tolerantes y aceptémoslo!", tendría que decir el intelectual para ser coherente (si es que le importa). Creo que se entiende el problema.
Otro problema es el que planteará no ya un posmo sino algún religioso (que no son tan distintos): la razón no es infalible, son los hombres los que razonan, pueden equivocarse. Yo prefiero algo infalible. Prefiero a Dios, o a la verdad que me fue revelada ayer cuando leía la borra del café. Ahá. ¿Y dónde está ese Dios, de dónde sacaste que lo que dice es la verdad última, dónde puedo verificarlo yo para estar tranquilo de que es así? Ah, no, no podés. Es una cuestión de fe. "¡Pero es la verdad posta!", me dice. Como en el caso anterior, terminamos con alguien que puede decir tener la posta por derecho divino, y reventar a alguno que le molestaba aduciendo que Dios se lo ordenó.
El religioso afirma que A... porque A. El posmo afirma que ni A ni B, o que A y B al mismo tiempo, da igual, es indemostrable, a quién le importa. Otro viene y dice: che, a mí me parece que B. ¿Soluciones? Claro, la postura democrática parece la del posmo. Pero ya vimos que tiene sus problemas. ¿A quién acudir para salirnos de este intríngulis?
Por suerte tenemos a nuestra amiga (o no tanto, porque a veces no es muy linda, pero tiene la ventaja de no ser inmutable): la realidad. Y aquí viene el científico. Que en realidad no tiene por qué ser ningún tercero -que eso sí puede traer problemas si luego no muestra lo que hizo- sino nosotros mismos, el que decía B, el que decía A, y todos los que quieran. Y lo verificamos. Experimentamos, u observamos, y aparecen los resultados, y ahí tenemos la respuesta. Igual para todos y a la que todos estamos en igualdad de condiciones de acceder por nosotros mismos: nada más democrático que eso.
Y ahí veremos si era A, o era B (o ninguna de las dos, y tenemos que seguir investigando, o parece que A pero no es del todo seguro, etc.). Lo interesante es que... ¡a lo mejor es A! ¡Tenía razón el religioso entonces! Al final la ciencia no sirve de un pomo, ven. Debo respetuosamente disentir.
Un tipo que dice que tiene poderes mágicos para leer el futuro puede decir que va a haber un terremoto mortal en el sureste asiático en el año 2009, y acertar (esperemos que para ese momento yo ya me haya logrado entender con el Malayo y subido a algún avión de vuelta a Ezeiza), pese a que ningún científico haya predicho lo mismo. Eso no quita que el tipo sea un chanta, y que su método sea un chiste. Si le preguntamos cómo adivinó, dirá "simplemente lo sabía", "mis poderes superiores me lo dijeron" y otros chamuyos. Entenderse con un tipo así es prácticamente imposible, porque todas las conclusiones a las que llega son arbitrarias, porque el método con el que llegó a ellas lo es. Aunque alguna vez acierte. En cambio otro puede tener un buen método y equivocarse (porque le faltan datos, o porque no se dio cuenta de algo, o lo que sea). Nos puede explicar lo que hizo, podemos darnos cuenta de dónde se equivocó, y decirle: "che, me parece que el problema fue que no tuviste en cuenta esto y esto". Y así podremos progresar, entendernos y hasta aprender sobre el mundo, la vida y nosotros mismos. E inclusive modificarlo, modificarla y modificarnos, pero a conciencia, sabiendo lo que hacemos, pudiendo decidirlo democráticamente ahora que todos partimos de una misma base, no decidida e impuesta por ninguno de nosotros sobre los demás. Al menos desde el punto de vista del método. Que es evidente que en el mundo de hoy no se respeta (haciendo posible así la invasión militar a países justificada en armas de destrucción masiva inexistentes, que de hecho sólo existen en los países invasores).
Hay aún otro terreno donde tengo ganas de plantear este tema. Uno muy interesante: las relaciones interpersonales.
El arquero que se para frente al blanco puede errar o embocar, como decíamos, pero lo importante era "tirar correctamente". A la larga embocaría, con un buen método, inclusive perfeccionando ese método que a su vez perfeccionará sus tiros. Lo que ocurre aquí es que el método en cuestión es para una actividad solitaria, que no depende de la interacción del arquero con otras personas. En el fútbol ya hay que entenderse con los compañeros de equipo, por lo menos, pero sólo dentro de la cancha y para unas pocas cosas (aunque el entendimiento en otras quizás ayude). En la ciencia, no siempre pero en general, el entendimiento no es con respecto a los que la practican (aunque tenga que ver con nosotros, como tiene que ver, digamos, la biología o las ciencias sociales; bah, en realidad creo que todas). Pero una relación interpersonal, me parece, se trata justamente de la construcción de una intersubjetividad conjunta, a nivel mucho más personal. No es que las subjetividades de los involucrados tengan que ser iguales (esto de hecho es imposible), sino que tienen que entenderse entre sí, o, mejor dicho: tener un método para entenderse.
¿Y cuál es el método para entenderse con otra persona? El mencionado al comienzo: la comunicación.
La solidez de una relación de pareja, por ejemplo, como de toda
construcción, depende de una buena base, y la base la da ese método para entenderse, la comunicación. El método no es exactamente ni un fin ni un medio, o es ambas y ninguna al mismo tiempo: es interesante en sí mismo, como es interesante participar de un buen debate, y al mismo tiempo va abriendo (otras) puertas, como el buen debate también.
¿Pero sin eso, qué hay? ¿Puede subsistir una pareja? Bueno, poder puede, como subsisten miles, la mayoría quizás. Manteniendo la relación en un nivel superficial, yendo al cine y charlando del clima y el laburo, la licuadora que no prende o la PC que se reinicia sola; ignorando las disidencias, los conflictos y las asperezas, todo aquello que no cuaje demasiado, barriéndolo bajo la alfombra; haciendo equilibrio para que no estallen; bancándosela calladitos porque al menos uno de los dos no tiene interés en abrirse y comunicarse e intentar hacerse entender y conectarse con el otro y entonces aunque el otro lo intente termina chocando contra una pared, o peleándose constantemente; de alguna de estas formas, de todas estas juntas, o de alguna otra que tampoco esté muy buena. Sí, es posible. Pero habiendo posibilidades tanto más agradables, me parece que éstas no valen la pena.
Dos personas recostadas al lado de un río solitario escuchan el viento. En la orilla opuesta, a muchos kilómetros, otras dos hacen exactamente lo mismo.
Las primeras se toleran. Incluso uno secretamente odia una buena parte del otro. No puede entender, y piensa un segundo (o quizás ya se acostumbró, y no lo piensa, o quizás lo pensó ayer y hoy ya no le importa) cómo soporta a alguien que acaba de contarle cómo ayer puteaba porque la gente que busca cualquier excusa para cortar la calle no lo dejaba volver del laburo rápido o de decirle que al villero que ayer lo pungueó en constitución habría que fajarlo porque por lo menos hay pobres que son honestos y se esfuerzan en laburar o de espetar como quien escupe el cordón de la vereda que los judíos son todos codiciosos y chupasangres; o que mastica con la boca abierta, o siempre termina echándole la culpa cuando algo sale mal, o hace eso que siempre (o a veces, cuando me quedan ganas) le digo que me molesta y no le entiendo y sin embargo lo hace de nuevo y ni me lo explica; y sobre todo que nunca tiene interés de hablar por más de 5 minutos de ninguna de estas cosas, o cuando lo intenta no parece tener sentido, hay huecos y contradicciones por todos lados, ni siquiera se termina de entender. Pero en general ni eso, ni siquiera el interés de intentarlo. Todo queda oculto debajo de lo cotidiano.
Y el otro secretamente piensa lo mismo sobre otras tantas cosas que no puede entender, cambiando las ya mencionadas por otras opuestas o distintas. Ninguno lo dice, pero ambos lo saben, sólo que actúan como si no lo supieran. Los problemas están, las contradicciones existen, pero no se hace nada por resolverlas. Y uno recuerda al posmo que decía: "cada uno tiene su verdad, no tienen por qué ponerse de acuerdo, hay que aceptarlas y tolerarlas". ¿Es esto algo que hay que tolerar? ¿Algo que siquiera hay que aceptar?
Las de enfrente, cruzando el charco, parecen igual de apacibles, o al menos están igual de inmóviles. Pero uno acaba de preguntarle al otro por qué siempre hace algo que tampoco entiende, y el otro pensó un segundo, y se acordó de su infancia, y le contó que cuando su mejor amigo estaba aburrido en el colegio siempre lo hacía, y a él se le pegó, y hablaron de él y de sus anécdotas juntos, y de cómo algunas cosas le hacían acordar al que ahora era su interlocutor, y terminaron en un largo divague sobre sus vidas, y ahora están callados y juntos escuchando el viento a la orilla del río pero es todo muy distinto a los que están callados y juntos escuchando el viento a la orilla del río, porque aunque ambos parecen haber dado en algún tipo de blanco unos no han tirado correctamente.
Han copiado algunos tics, algunas cosas que parecen ser los resultados, como el alumno que mira la hoja del de al lado y por eso aprueba pero nunca tuvo ni idea de cómo dividir 1240 en 8, aunque en su hoja diga 155 y en su boletín que pasa a quinto año. Pero nunca aprehendieron el método. Con el método no hubieran importado tanto las conclusiones inicialmente, porque la base sólida se habría visto y no hubiera habido obstáculos que sortear al comenzar la construcción, que así se habría ahorrado luego una existencia entera estando torcida. Y, como los problemas de columna, al principio no duelen pero cuando te enterás agarrate.
La ventaja que tienen las relaciones sobre los edificios es que con un buen método inclusive no hay problema si se descubre que algo estaba torcido, no hace falta tirarlas abajo para enderezarlo. Esto si algo está torcido. Pero si lo que está torcido es el método, si a él nunca se le dio bola, entonces se complica. Es una cuestión de gimnasia. Y de voluntad. Si alguien no la tiene, con forzarlo no se gana nada, como no se gana nada forzando a alguien a creer que algo es cierto, porque no lo estará creyendo verdaderamente.
Seguramente habrán escuchado alguna vez a alguien decir sobre otro: "siento que hablamos el mismo idioma". Alguien ciego a las metáforas, u otro intentando ser cómico, dirá: es cierto, los dos hablan español. En realidad nadie habla, ni siquiera "literalmente", el mismo idioma. Mi español no es el mismo que el tuyo, ni que el de ella. Pero al mismo tiempo tienen una identidad, o no podríamos entendernos. Lo mismo pasa con las personas y su más subjetivo ser. Nunca son iguales a otro, pero si "hablan el mismo idioma", en el sentido en el que lo dice el del principio de este párrafo y no el gracioso de después, se entenderán perfecto, porque compartirán un método. Que sean distintos sólo hará la experiencia más interesante, aunque es probable que con el tiempo se terminen pareciendo. Pero nunca del todo, pues el camino es infinito, y por eso siempre tiene sentido no detenerse y seguirlo recorriendo, porque siempre tiene algo más por ofrecer.
Por eso propongo que construyamos a partir del método, porque si no quizás ni siquiera tenga sentido construir o vivir en lo que está construido. Alguien podrá caminar la distancia que lo separa del blanco y clavar la flecha en el centro con la mano pero ¿valdrá la pena? Quizás el árbitro se equivoque y considere que fue clavada con toda justeza, y vea mal y nos anule tres goles y convalide el suyo pese a haber sido en offside, y además justo una paloma se cruce por la línea del arco cuando estábamos por convertir, y perdamos uno a cero. ¿Pero de qué lado será preferible estar? Nadie prefiere perder, pero ganar jugando mal a mí no me dejaría tranquilo. En ese sentido, forzado a elegir entre el que gana y juega mal y el que pierde y juega bien, prefiero perder. Porque, al final, ganaremos.